Este blog no tiene actualizaciones, y se lee hacia atrás, solo es una recopilación de distintas publicaciones de otros blog expertos en estos temas... las publicaciones no son mías... Y me atrevo a publicarlas para que conozcas la Bimilenaria tradición de la Iglesia.

jueves, 28 de abril de 2011

Las Dos Caras de Juan XXIII

  
Juan XXIII introdujo en la batalla preparatoria un segundo caballo de Troya; la acción del joven Léon-Joshep SUENENS, Arzobispo de Malinas, al que acababa de nombrar miembro de la Comisión Central Preparatoria, y al que iba a nombrar Cardenal.

A partir de Marzo de 1962 SUENENS se quejó ante Juan XXIII de la cantidad “abusiva” de esquemas: no menos de setenta. Juan XXIII, que no había dado ninguna línea directriz a la obra preparatoria, y que no quería enfrentarse a OTTAVIANI, le encargó a SUENENS que despejara secretamente el terreno. El plan de SUENENS consistió en volver a utilizar todos los esquemas preparatorios y reelaborarlos dentro de un marco bipartito: lo que la Iglesia tenía que decir a sus hijos ad intra, y lo que tenía que decir al mundo ad extra. La segunda parte era, evidentemente una novedad revolucionaria.

El proyecto, listo a fines de abril, le gustó al Papa y fue comunicado a mediados de mayo, según sus órdenes, a algunos Cardenales influyentes que Juan XXIII deseaba que se sumaran a la idea: Los Cardenales DOPFNER, MONTINI (futuro Pablo VI), SIRI, LIÉNART y LERCARO. ¿No era eso iniciar el abandono de los esquemas preparatorios? De este modo, Juan XXIII destruía con una mano lo que construía con la otra: dejaba que las comisiones preparatorias continuaran con sus trabajos, y al mismo tiempo programaba su destrucción por medio de otras.

El Espíritu Santo se encargaría de arreglar las cosas, pensaba Juan XXIII;
“El Santo Padre los sigue (los trabajos de la Comisión Central) con profundo interés y un espíritu de fe que causa gran admiración. Se ve que el Santo Padre puso todas sus esperanzas en el Espíritu Santo y no en cálculos humanos”

Eso no era todo. El Secretariado para la Unidad no permaneció inactivo. Pidió a los expertos de sus Diez subcomisiones que elaboraran sugerencias o esquemas sobre temas que también trataban las demás comisiones, pero concebidos desde el punto de vista ecuménico, y tres esquemas especiales sobre el ecumenismo, la libertad religiosa y la cuestión de los judíos.

El Secretariado comunicó los proyectos que trataban esos tres primeros temas a la Comisión Teológica de OTTAVIANI, que trató de tomarlas en cuenta lo menos posible. Por esta razón, el Cardenal BEA pidió que se constituyera (como lo había hecho antes con otras comisiones preparatorias) una comisión mixta con la Comisión Teológica. OTTAVIANI se negó a ello.


Para soslayar esa diferencia de fondo sin resolverla él mismo, Juan XXIII decidió, el 1ro de Febrero de 1962, que los dos últimos esquemas del Secretariado, entre ellos el de la libertad religiosa, fueran comunicados directamente a la Comisión Central Preparatoria sin pasar por “otras comisiones”. 

¿Libertad o Tolerancia?


Un día el cardenal OTTAVIANI y el cardenal BEA llevaron a las Comisiones Preparatorias del Concilio Vaticano II dos fascículos que valían su peso en oro.

 Estos dos fascículos delimitaron los campos en la Iglesia:
 El del Cardenal BEA, liberal, es de la Revolución francesa y el otro, el del Cardenal OTTAVIANI estaba firmemente asentado en la Tradición bimilenaria católica.

El 19 de junio, penúltimo día de la última sesión, hubo dos esquemas opuestos en el programa de la Comisión Central.
-El primero, capitulo IX del esquema “Sobre la Iglesia”, preparado por la Comisión Teológica y directamente por el Cardenal OTTAVIANI, trataba “Sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado y la tolerancia religiosa”; tenía nueve páginas de texto y catorce de notas que se referían, con numerosas citas, al magisterio pontificio desde Pio IX a Pio XII.
En su documento el Cardenal OTTAVIANI habla de la tolerancia religiosa:
   Es decir, si hay otras religiones en los Estados católicos, se los tolera, pero no se les concede las mismas libertades que a la Iglesia, del mismo modo que se toleran los pecados y los errores, dado que no se puede expurgar todo. En una sociedad hace falta una cierta tolerancia, pero esto no quiere decir que se apruebe el mal.
 Su postura permanecía en comunión con todos los Papas hasta el Concilio: En el folleto del Cardenal OTTAVIANI hay más páginas de referencia que de texto; referencias a los Papas, a los concilios, a toda la doctrina de la Iglesia. La tolerancia religiosa está realmente en la continuidad de la Tradición. La Fe en la Iglesia fue siempre predicar la verdad y tolerar el error, ya que no puede hacer de otro modo, pero esforzándose en ser misionera, reducir el error y atraer a la verdad.

-El otro, redactado por el Secretariado para la Unidad del Cardenal BEA, se titulaba “Sobre la libertad religiosa”; consistía en quince páginas de texto y cinco de notas, sin ninguna referencia al magisterio de la Iglesia.
En su documento el Cardenal BEA habla de la libertad religiosa y se basaba completamente en la Revolución francesa y la Declaración de los derechos del hombre el cardenal BEA no da referencia alguna en su documento. Él no podía remitirse a ningún Papa, dado que su doctrina es nueva y ésta siempre fue condenada por los Sumos Pontífices

El primero trataba acerca de la Tradición Católica, pero ¿Qué es lo que pretendía el segundo? ¡Nada menos que introducir en la Iglesia el liberalismo, la Revolución Francesa y la constitución de los derechos del hombre! ¡Esto es imposible! Fue dramático lo que sucedió en la sesión.

El Cardenal OTTAVIANI comenzó la exposición de su esquema atacando abiertamente el esquema opuesto:
   “Al exponer la doctrina de las relaciones entre el Estado Católico y las demás religiones, me parece que hay que señalar que el Santo Sínodo (el Concilio) debe seguir la doctrina indiscutible o propia de la Iglesia, y no la que más les gustaría a los no católicos o cedería a sus peticiones. Por eso pienso que se debe eliminar de la discusión la constitución propuesta por el Secretariado para la Unidad de los Cristianos, ya que refleja clarísimamente la influencia de contactos con los no católicos”

Y después de ilustrar esa influencia con algunos ejemplos, expuso su esquema, dominado totalmente por la preocupación de proteger la fe católica y salvaguardar el bien común temporal, fundado en la unanimidad de los ciudadanos de la religión verdadera. Distinguía luego las distintas situaciones de los pueblos: Nación enteramente Católica, Nación con pluralidad de religiones y Estado No-Católico.

-En el caso de una Nación enteramente Católica, los principios se aplicaban de manera integral en un régimen de unión entre la Iglesia y el Estado, con el reconocimiento y la protección civil de la verdadera religión y, llegado el caso, de una cierta tolerancia de los falsos cultos;
-En el caso de una Nación con pluralidad de religiones, la Iglesia gozaría del derecho común reconocido por el Estado a todas las religiones que no son contrarias a la ley natural;
-En el caso de un Estado No-Católico, la Iglesia pediría la simple libertad de acción.

Cuando llegó el momento para el cardenal Ottaviani de presentar su documento a la Comisión central preparatoria del Concilio, documento que no hacía más que retomar la doctrina enseñada siempre por la Iglesia católica, el cardenal Bea se irguió diciendo que se oponía.

El Cardenal BEA se levantó a su vez para presentar su noción de libertad religiosa, que valía para las tres hipótesis anteriores y para todo hombre, incluso para el que “yerra sobre la fe”. Hasta entonces, la Iglesia sólo había defendido los derechos para sus hijos; ¿los reivindicaría ahora para los adherentes de todos los cultos? De eso se trataba, explicó  seguidamente el Cardenal BEA, resaltando el significado ecuménico del tema:
   “Hoy en día es un asunto de enorme interés para los no católicos, que recriminan continuamente a la Iglesia por ser intolerante donde es mayoría y exigir la libertad religiosa donde es minoría. Esa objeción perjudica en alto grado todos los esfuerzos desplegados para conducir a los no católicos a la Iglesia. Al elaborar este esquema en virtud de su cargo, el Secretariado ha tenido ante sus ojos todas esas circunstancias y se ha preguntado cuál es el deber de la Iglesia sobre la libertad religiosa y cómo debe ejercerse esta última”

¡Cuanta razón tenía OTTAVIANI! Así este esquema había sido forjado para satisfacer los reclamos de los no católicos, y pretendía que su exigencia se convirtiera en doctrina católica. ¿Cómo habría podido OTTAVIANI prestar su colaboración a semejante intento? Por lo demás, la lectura del esquema le mostraba su filosofía completamente subjetivista, que defendía lo contrario del realismo de la sana filosofía tomista.

El hombre sincero –se leía ahí- quiere cumplir con la voluntad de Dios; ahora bien, esta voluntad la percibe por medio de su conciencia; por lo tanto, tiene “el derecho de seguir los dictados de su conciencia en materia religiosa”; ahora bien, la naturaleza del hombre le exige que exprese su conciencia de manera exterior y colectiva; por lo tanto, el hombre tiene el derecho de expresar su religión sin que ninguna coacción se lo impida, solo o en grupo, a menos que eso se oponga al derecho cierto de un tercero o de la sociedad en su conjunto. Finalmente, esta libertad religiosa “debe ser sancionada por un derecho categórico, y expresada por la igualdad civil de los cultos.”



Así se acababa con los Estados Católicos en nombre de una libertad de conciencia expresada en toda su crudeza.

Para justificar sus afirmaciones frente a la práctica contraria universal pasada del mundo católico, todavía en vigor en varios países, el eminentísimo BEA no dudó en sostener que “en las condiciones actuales ninguna nación puede decirse propiamente <<católica>>, (…) y que ninguna puede considerase como sola y separada de las demás”, lo que sugería un régimen internacional común de libertad religiosa. Además, agregaba, “el Estado en cuanto tal no conoce la existencia y la vigencia del orden sobrenatural.

Finalmente el Pontífice reinante quería “un aggiornamento”, “es decir, la adaptación a las condiciones actuales de vida, y no el restablecimiento de lo que había sido posible, e incluso necesario, en otras estructuras sociológicas.”

Y BEA concluía:
   “Nuestros dos informes (…) no están de acuerdo en cuanto a los elementos fundamentales expuestos en los números 3 y 8. Corresponde a la ilustrísima asamblea pronunciarse sobre el tema.”

Irritado por la relativización historicista que su adversario hacía del derecho público de la Iglesia, que él había enseñado durante veinte años, el Cardenal OTTAVIANI estimó adecuado responder con palabras que resaltaban enérgicamente la oposición:
   “La Comisión del Secretariado para la Unidad debería haber remitido su esquema (que concierne a la doctrina y no únicamente a la sociología, puesto que esta <<sociología>> tiene un fundamento en la doctrina) a la Comisión Doctrinal para ver si concordaba con la Comisión Doctrinal. Vemos ahora que hay algunas cuestiones sobre las cuales no estamos de acuerdo, ¡y son cuestiones doctrinales!

Así estaban, los dos de pie (OTTAVIANI y BEA). Los demás Padres, sentados, veían a dos Cardenales que se oponían, dos eminentes Cardenales que se enfrentaban sobre una tesis tan fundamental.

Los Cardenales que hablaron a continuación se dividieron entre los dos campos.

El Cardenal FRINGS consideró que “la Iglesia ya no tenía necesidad del brazo secular para proteger la fe católica contra la difusión de los errores religiosos; el Estado –agregó- no puede impedir la divulgación de una religión distinta si el bien común temporal no esta en juego”

El Cardenal LÉGER creyó poder explicar sabiamente, inspirado por el Padre Murray, que “sólo las personas pueden profesar una religión, no el Estado, puesto que es una función; (…) el Estado no tiene ninguna competencia para determinar cuál es la verdadera religión.”

Por el contrario, OTTAVIANI, realista, vaticinó que “la libertad religiosa daba armas a los protestantes para conquistar la América latina”.

El Cardenal RUFFINI declaró: “La libertad, en si misma, nos es dada para la verdad y la virtud, no para el error y el vicio; pero en la práctica, por caridad, es necesaria la tolerancia; y en lo que se refiere al Estado (…) y lo que ha afirmado el eminentísimo Cardenal BEA, es decir, que el Estado como tal no puede ni debe conocer y reconocer la religión, considero que es falsísimo.”

El Cardenal LARRAONA opinó que era “ingenuo” creer que se podía atraer a los no católicos reconociéndoles la misma libertad que a nosotros.

Finalmente el Cardenal BROWNE dijo: “Me parece un infantilismo suponer que la doctrina expuesta por León XIII en su encíclica Immortale Dei sea una doctrina contingente.”

El cardenal RUFFINI, de Sicilia, intervino para detener ese pequeño escándalo de dos Cardenales que se enfrentaban así con violencia ante todos los otros. Pidió referir a la autoridad superior, es decir al Papa que ese día no presidía la sesión. Pero el cardenal Bea dijo, no, quiero que se vote para saber quién está conmigo y quién con el cardenal Ottaviani.



El Cardenal RUFFINI pidió “que la cuestión se resolviera consultando a nuestro Santo Padre el Papa”. Sin embargo, se pasó a la votación, y de este modo uno de los Arzobispos presentes pudo expresarse:
De la libertad religiosa: non placet (…) pues se funda en principios falsos solemnemente reprobados por los Sumos Pontifices, por ejemplo Pio IX en su encíclica Quanta Cura, que llama <<delirio>> a este error (Dz 1690).
De la Iglesia, capítulos IX-X: placet. Pero la presentación de los principios fundamentales podría hacerse más en relación a Cristo Rey, como la encíclica Quas Primas (…) Nuestro Concilio tendría como objetivo predicar a Cristo a todos los hombres y afirmar que sólo a la Iglesia Católica le corresponde predicar auténticamente a Cristo: Cristo, salvación y vida de los individuos, de las familias, de las asociaciones profesionales y de las demás sociedades civiles.
“El esquema sobre la libertad religiosa no predica a Cristo, y por lo tanto parece falso. El esquema de la Comisión teológica expone la doctrina auténtica a la manera de una tesis, y no muestra de modo suficiente el fin de esa doctrina, que no es sino el Reino de Cristo (…) Desde el punto de vista de Cristo, fuente de salvación y de vida, todas las verdades fundamentales podrían exponerse de manera “pastoral” como suele decirse, y de esta manera serían expulsados incluso los errores del laicismo, del naturalismo, del materialismo, etc”

Esta intervención, original por su elevación sobrenatural, que conducía el debate iniciado al principio más elevado, impresionó al espíritu de los Padres de la Comisión Central Preparatoria: un Arzobispo lleno del espíritu de sabiduría se había levantado para reivindicar, no los derechos del hombre, sino los derechos de Cristo Rey.

Ahora bien, se seguían manifestando los votos. Los Padres latinos: italianos, hispanos y latinoamericanos, estaban a favor del esquema de OTTAVIANI,
Mientras que los Padres estadounidenses, ingleses, alemanes, holandeses y franceses, tomaron postura a favor del proyecto BEA, en número sensiblemente igual.

Se procedió, pues, a votar. Los setenta cardenales, los obispos y los cuatro superiores de órdenes religiosas que estaban allí se dividieron más o menos por mitades

Así pues, en vísperas del Concilio Vaticano II, nos encontrábamos ante una Iglesia dividida sobre un tema fundamental: el Reinado social de Nuestro Señor Jesucristo.

¿Debería reinar Nuestro Señor sobre las naciones?
El Cardenal OTTAVIANI decía: “¡Si!”: el otro, BEA, decía “¡No!”

Si la Comisión preparatoria terminaba así, ¿Qué iba a pasar en el Concilio?


Era la última sesión, y uno se podía preguntar lo que iba a acontecer con ese Concilio si ya la mitad de los setenta cardenales eran favorables a la tolerancia religiosa del cardenal Ottaviani y la otra mitad favorable a la libertad religiosa del cardenal Bea que se basaba en la Revolución francesa y la Declaración de los derechos del hombre.

Y bien, en el Concilio también hubo lucha, y hay que reconocer que son los liberales los que se impusieron. ¡Qué escándalo! Así llegó esa nueva religión, que desciende más de la Revolución francesa que de la Tradición católica, ese famoso ecumenismo donde todas las religiones están en pie de igualdad. Ahora Ustedes, pueden comprender la situación actual, esta se deriva de los liberales en el Concilio.

 Hubo, sin embargo, oposiciones violentas, pero como el Papa tomó parte prácticamente por la libertad, son los liberales que tomaron los puestos en Roma y los ocupan aún.

 Nuestro Arzobispo se opuso a esto con Mons. Sigaud, Mons. de Castro Mayer y muchos otros miembros del Concilio. Porque no se puede admitir que Nuestro Señor sea destronado

 

Un Concilio ¿de Liberales?

Muchos de los Padres Conciliares, quizás la mayoría de ellos, llegaron a Roma para la primera sesión del Vaticano II sin ninguna idea clara sobre por qué estaban allí y sin ningún plan definido de lo que tratarían de realizar.

Escribe el Cardenal Heenan: “Mirando hacia atrás es fácil ver qué poca preparación psicológica tenían los obispos para lo que sucedió durante la primera sesión. La mayoría de nosotros llegó a Roma en octubre de 1962 sin ninguna idea sobre la tendencia anti-italiana de muchos europeos... La gran mayoría de los Padres Conciliares compartía la ilusión de Juan XXIII de que los obispos del mundo se habían reunido como hermanos en Cristo para un encuentro breve y amable.

El Obispo Lucey de Cork y Rose (Irlanda) ha escrito que “algunas jerarquías llegaron al Concilio sabiendo lo que querían y habiendo preparado el camino para conseguirlo, y otras vinieron a tientas”

Sobresalían entre aquéllas que sabían lo que querían las jerarquías germanas, holandesas y francesas. Hasta se había anunciado antes del Concilio que en esos países había presión:
-En pro de una modernización de las formas en que la Iglesia afronta sus problemas internos
-Algunos grupos agitaban abiertamente en pro de una reorganización, cuando no abolición, de la Curia Romana.
-Otros querían cambios en las leyes y reglamentos referentes al matrimonio y la educación, la misa, los sacramentos, las ceremonias litúrgicas, los procedimientos inquisitoriales y condenatorios del Santo Oficio, el hábito clerical, la pompa inadecuada de los ornamentos episcopales y una redefinición de los derechos y prerrogativas de los obispos y de los laicos en la estructura eclesial.

La medida en que esos objetivos se han logrado es el hecho más evidente de la vida en la Iglesia post-conciliar. De hecho, la facilidad con que se consiguió la victoria total sorprendió inclusive a los progresistas mismos. “Habían venido a la primera sesión del Concilio con la esperanza de ganar algunas concesiones. Retornaron conscientes de que habían obtenido una victoria completa. Y estaban seguros de que aún seguirían innumerables victorias más”

En un discurso ante el panel de prensa de los obispos norteamericanos, al finalizar la primera sesión, el peritus (perito) suizo Padre Hans Küng “proclamaba con júbilo que lo que fuera el sueño de un grupo de avant-garde en la Iglesia había “proliferado e impregnado toda la atmósfera de la Iglesia, gracias al Concilio


Uno de los objetivos clave de la avant-garde europea (tal vez “obsesión” fuera un término más adecuado) había sido reemplazar el verdadero concepto de ecumenismo católico, tal como lo expresó Pío XI en Mortalium Animos, por una política de “unidad a cualquier precio”.

Cuando empezó el Concilio, la atmósfera en Alemania quedó muy bien resumida en una carta del Padre F. J. Ripley, uno de los más conocidos sacerdotes británicos, al periódico The Tablet. Prevenía contra “el deseo, ahora evidente en Alemania, de presentar los misterios católicos en términos tradicionalmente asociados con el protestantismo”. A muchos visitantes de Alemania les han chocado recientemente algunos elementos de la nueva corriente.
Un eminente australiano le preguntó a un párroco:
-¿cómo fomentaba las visitas al Santísimo Sacramento entre sus fieles?, (ya que lo había relegado del altar principal a una oscura capilla lateral)
-No lo hago - contestó.

Quienes hablaron conmigo después de haber visitado Alemania han quedado perturbados, por decirlo con suavidad, ante lo que han presenciado allí. Como dijo otro sacerdote: "Hablan de barrer con los aditamentos inútiles de la liturgia, pero en realidad atacan los desarrollos perfectamente legítimos que han ayudado tanto a la piedad de los fieles" Pío XII nos previno contra esto en Mediator Dei

Otro visitante, sacerdote norteamericano, resumió así sus impresiones como estudiante en Alemania: "Creo que han declarado guerra total a la tradición".
Y no sólo se limita a la liturgia.
·         Algunos modernistas hablaban de "la trágica definición de la Asunción", que casi llegó a ser el "golpe mortal para el movimiento ecuménico".
·         Otros quieren que se abandone la referencia a la tradición como fuente de la revelación.
·         Y junto con todo eso el premeditado rechazo a tratar de hacer conversiones individuales, con la excusa de que la obra de conversión impedirá el avance hacia la unidad:
De nuevo una inversión de la política práctica de la Iglesia desde los tiempos apostólicos

Es importante destacar que esta carta fue publicada en 1962 y escrita sin el beneficio de un balance retrospectivo. No es necesario destacar hasta dónde ha llegado a extenderse por Occidente la situación que el Padre Ripley describía como existente en Alemania en 1962, y que algunas prácticas que él criticó entonces como aberraciones se nos recomiendan hoy por el Vaticano. La Instrucción General de la Nueva Misa recomienda, y recomienda con toda energía, "que el Santísimo Sacramento sea conservado en una capilla especial separada de la nave, adecuada para la oración particular"
Y en ciertos aspectos Inglaterra le lleva ventaja a Alemania, ya que católicos y anglicanos no sólo comparten las mismas iglesias sino hasta el tabernáculo común.

El Cardenal Heenan ha explicado lo desprevenido que estaban los obispos británicos y norteamericanos sobre el grado de infección de muchos de sus colegas europeos con lo que él más tarde llamó "ecumanía".

Escribe: "No sabíamos lo que pensaban los holandeses y no estábamos de ningún modo preparados para el posterior descubrimiento de que algunos católicos holandeses habían convertido al ecumenismo casi en una religión. En su impaciencia ante las diferencias dogmáticas estaban dispuestos a traficar con cualquier doctrina en nombre de la unidad externa. Cuando se instaló el Secretariado para la Unidad Cristiana hubo no menos de cuatro miembros holandeses. Esto no pareció importante en ese momento, porque el resto de la Iglesia estaba ajeno al enorme cambio religioso de Holanda desde la guerra."

Mirando hacia atrás, resulta completamente claro que los obispos de habla inglesa no estaban de ningún modo preparados para la clase de Concilio que planeaba el resto de los nórdicos europeos. Los americanos estaban aun menos preparados que los británicos. No tuvieron absolutamente ninguna participación en la primera sesión, que en gran parte resultó una batalla de ensayo entre las ideas teológicas antiguas y las nuevas.

Pronto se vería que el Cardenal Heenan había elegido bien una metáfora bélica, porque lo que tuvo lugar fue una batalla. Al reseñar uno de los primeros libros sobre el Concilio que aparecieron, un sacerdote inglés, el Abad Butler (ahora obispo), lo criticaba por "no transmitir, al que no estuvo presente en esos debates fatídicos, lo apasionado del drama que se estaba desarrollando". El Dr. John Moorman, que encabezaba la delegación anglicana, afirma que los observadores se percataron que durante el Concilio "hubo una verdadera división entre los Padres, una profunda sensación de que se estaban enfrentando dos grandes fuerzas y de que no se trataba de un choque de opiniones, sino de sistema y hasta de moral".

La táctica que usaron los alemanes y sus aliados puede describirse bien comparándola con una técnica que introdujeron en los métodos bélicos: la Blitzkrieg. Destruían y desmoralizaban a sus adversarios una y otra vez utilizando eficientemente los métodos de grupos de presión en uso en las ofensivas políticas. Resulta dudoso que ninguna jerarquía, fuera de la alemana, hubiera tenido la eficiencia, la organización y los recursos necesarios para iniciar y sostener semejante campaña.

Los obispos intervinientes habían juzgado correctamente que la Iglesia atravesaba un período crucial de su historia y, al menos de que haya una concreta evidencia en su contra, debemos presumir que los movía la convicción sincera de que su actitud constituía lo mejor para la Iglesia.

Los propulsores del neo-modernismo a que se refería Pablo VI, se hallaban mayormente entre los periti (expertos) y no entre los propios obispos. Los documentos conciliares no fueron tanto obra de los obispos que los votaron, como de los expertos que los redactaron, y muchos de aquellos obispos se contentaron con obrar como sus meros portavoces. Algunos de estos periti habían sido sospechosos de heterodoxia durante el reinado de Pío XII. Su encíclica Humani Generis muestra con cuánta claridad apreciaba ese gran pontífice la creciente amenaza y la fuerza de la quintacolumna neomodernista dentro de la Iglesia. Muchos de los periti se han vuelto famosos después del Concilio por su oposición a las enseñanzas católicas sobre distintos puntos de fe y moral, como el caso de Charles Davis (que ha apostatado formalmente), Hans Küng, Gegory Baum, Edward Schillebeeckx, Bernard Häring y René Laurentin.

Otro factor de gran importancia para aquilatar la conducta de la mayoría de los Padres conciliares reside en que probablemente la mayoría de los que apoyaban a los obispos alemanes lo hizo porque parecía elegante hacerlo, porque todos parecían seguir esa línea. Hubo una vez una canción popular, Everybody's doing it! Cuando todos hacen algo, parece normal hacerlo también; y aun aquéllos que han sido consagrados obispos siguen siendo demasiado humanos en muchos aspectos, como lo podrá confirmar cualquier historiador de la Iglesia. Si una tendencia comienza a triunfar, se necesita mucha fuerza de carácter para no unirse a ella. Escribió un Padre norteamericano, al darse cuenta de las cosas después de haber sucedido: “Cuando llegó el momento de votar, como el prudente Sir Joseph Porter, KCB, “siempre votamos lo que el partido ordenó, nunca creímos en pensar por nuestra cuenta”. De esa forma se evitan muchos problemas”.

Por otro lado, sería poco realista no reconocer que debe haber habido algunos Padres conciliares muy conscientes del rumbo que tomaría la Iglesia con la actitud que ellos apoyaban y que estaban contentos de cooperar con los periti porque compartían su perspectiva teológica.

Las sesiones de trabajo del Concilio se llamaron Congregaciones Generales. La primera de ellas se celebró el 13 de octubre de 1962. Monseñor Lefebvre escribe:
El Concilio estuvo sitiado desde el primer día por las fuerzas progresistas.

Lo sentíamos, lo palpábamos, y cuando digo “nosotros” me refiero a la mayoría de los Padres conciliares en ese momento. Estábamos convencidos de que algo irregular estaba sucediendo en el Concilio.

El Cardenal Heenan agrega:

Apenas hubo empezado la primera Congregación General cuando los obispos nórdicos entraron en acción.

Su objetivo fue lograr el control de las diez comisiones conciliares, lo que significaría el virtual control del Concilio mismo.

Después de la misa con la que se inauguró la primera Congregación General, cada Padre recibió tres folletos impresos. El primero contenía una lista de los padres candidatos para las elecciones de las diez comisiones; el segundo registraba todos los que habían tomado parte en las reuniones preparatorias; el tercero contenía diez páginas, una para cada comisión. Había dieciséis lugares en blanco en cada página para que cada Padre los completara con los nombres de sus candidatos para los dieciséis cargos elegibles en cada comisión. Las comisiones constarían de veinticuatro miembros en total, ocho de los cuales serían nombrados por el Papa.

Los obispos alemanes advirtieron que si los Padres votaban sobre la base de una lista general que contuviera todos los nombres de los candidatos elegibles, sería difícil llegar a controlar las comisiones. Decidieron que les iría mucho mejor si cada jerarquía adelantaba una lista de candidatos de sus propias filas para cada comisión. Eso significaría que, más que votar a un candidato por sus méritos individuales, lo harían por uno considerándolo representante de una jerarquía o de un grupo de jerarquías. Los alemanes estaban en posición de formar el bloque más numeroso y de asegurarse la elección de una cantidad apreciable de candidatos (no necesariamente de habla germana), que simpatizaban con sus actitudes. El plan para asegurar la realización de este procedimiento se adoptó en una reunión en la casa del Cardenal Frings, en Colonia (Alemania), en la que se decidió utilizar a un Padre no alemán para presentar las propuestas y el Cardenal Liénart, presidente de la conferencia episcopal francesa, estuvo en todo de acuerdo.

Cardenal Lienart

El Cardenal Heenan describe lo que sucedió en la Primera Congregación General después de que se distribuyeron los tres folletos; “El Cardenal Liénart, obispo de Lille, se levantó para hacer un discurso de protesta. Dijo que sería absurdo votar de inmediato para los miembros de las comisiones, porque todavía los Padres no se conocían entre ellos. Sería mucho más prudente y justo dar tiempo a que los obispos intercambiaran opiniones y analizaran los méritos de los candidatos propuestos. Si se votaba de inmediato, los obispos estarían votando por hombres de los que no conocían ni los nombres. Las cualidades y valores individuales de cada obispo no son conocidos por lo general fuera de su país de origen. El Cardenal propuso que las distintas jerarquías consideraran qué talentos podían ofrecer y luego pasaran a las otras jerarquías los nombres de los candidatos más favorecidos.

Cardenal Frings

Tan pronto como el Cardenal Liénart se hubo sentado, su amigo alemán, el Cardenal Frings, arzobispo de Colonia, se levantó para apoyar la propuesta. Esto provocó un sostenido aplauso de los Padres que evidentemente creyeron que el Concilio se había salvado del desastre. La reacción de los obispos fue inequívoca y el Secretario General creyó superfluo poner a votación la moción del Cardenal Liénart. La primera Congregación General del Segundo Concilio Vaticano se suspendió después de quince minutos exactos.

Ciertamente, ¡tácticas de Blitzkrieg!

El Cardenal Heenan también reveló que al preparar las listas “los obispos del norte actuaron de acuerdo desde el principio y estuvieron en contacto frecuente con sus hermanos ingleses”.

Henri Fesquet, corresponsal de asuntos religiosos del periódico francés Le Monde, fue uno de los periodistas liberales que desempeñaron un papel importante en preparar a los Padres conciliares y al público católico, para aceptar la ofensiva liberal, proceso que se describirá en detalle en el capítulo VII. En su libro Journal du Concite describe esos sucesos como un “ejercicio de demolición” (entreprise de démolition) por un grupo de “obispos de mentalidad moderna” (évêques avancés). Confirma que “sólo se necesitaban dos o tres obispos para modificar de manera bastante apreciable la marcha del Concilio”.

Las metáforas militares que utilizaron algunos comentaristas citados en este capítulo, se ven justificadas ampliamente por el comentario jubiloso de un obispo holandés que gritó a un amigo al salir de San Pedro: “Ésta fue nuestra primera victoria”. El espíritu con que habían concurrido los liberales al Concilio se hizo evidente; la mentalidad partidista, la actitud de “nosotros contra ellos” ya era manifiesta. Comentarios semejantes hicieron los Padres liberales al salir de San Pedro después de otra “victoria” y fueron recogidos con gran entusiasmo y aprobación por Robert Kaiser: “Han caído las más claras, el compañero jefe [el Cardenal Bea] los tiene agarrados, y yo también.”

Cardenal Bea

Los obispos alemanes habían preparado el terreno para la victoria al persuadir al Concilio de que aceptara sus propuestas de miembros elegibles para las comisiones, pero para conseguir la victoria era necesario que esos candidatos fueran elegidos. Para seguir con la analogía de la Blitzkrieg, los Stukas ya habían hecho su parte: era hora de que avanzaran los Panzers.

Escribe el Cardenal Heenan: “Entonces empezó el tan conocido proceso de intrigas”. El 13 de octubre de 1962 registra en su diario que recibió la visita del obispo de Brujas (Bélgica), que llegó como emisario de los obispos alemanes. Le dio al entonces arzobispo Heenan algunos nombres que los alemanes, holandeses y belgas pensaban respaldar y le explicó que “se estaba confeccionando una lista final en una reunión en el Anima College (casa alemana de estudios), presidida por el Cardenal Frings. Esta lista estaría completa a las 9 del día siguiente. Mientras tanto, se habían dado varios nombres y se esperaba que la lista fuera bastante internacional. Atraería el voto de los misioneros, ya que el Congo tenía muchos obispos belgas”.

Monseñor Lefebvre registró la estupefacción de los Padres cuando el 14 de octubre recibieron una lista impresa de candidatos que contenía nombres a los que la mayoría de ellos no conocía ni de oídas, pero a quienes votaron en su momento. “Los que prepararon las listas conocían muy bien a esos obispos: resulta innecesario decir que tenían todos la misma tendencia”.

El Cardenal Heenan reconoce que “aunque se hubieran empleado todos los momentos libres para ello, resultaba imposible conocer bastante sobre las dieciséis personas de cada comisión. Por lo tanto, no se pudo evitar que los obispos votaran algunos candidatos de los que no conocían más que los nombres”.

Las maniobras que precedieron la ofensiva liberal a las diez comisiones han sido documentadas en detalle en The Rhine flows into the Tiber, el autorizado estudio del Padre R. M. Wiltgen. Esta obra es, ciertamente, el relato más objetivo y completo acerca del Concilio que se haya escrito hasta el momento, y después de dos ediciones de 9.000 ejemplares se halla agotada en inglés. Se había asegurado que las autoridades de Roma acapararon ejemplares para impedir que se difundiera, pero el P. Wiltgen lo ha negado en una carta del 15 de mayo de 1975 dirigida a la Sociedad pro Misa Latina de Australia.

El Padre Wiltgen explica en su obra cómo el grupo del Rin, a saber, los obispos alemanes y sus aliados, pronto abarcó a los obispos de Alemania, Austria, Suiza, Holanda, Bélgica y Francia. Un obispo holandés de una diócesis africana fue el instrumento que organizó la lista de obispos del África francesa e inglesa y la puso a disposición del grupo del Rin, asegurándole así muchos más votos. Los obispos liberales de otros países fueron comprometidos como candidatos o partidarios. Para asegurar la representación del grupo del Rin en todas las comisiones, se manipuló una selecta lista de 109 candidatos de los que, con un éxito que excedió todo lo esperado, resultaron electos 79. Y cuando el papa nombró sus propios candidatos para alcanzar el número de veinticuatro en cada comisión, incluyó entre ellos a ocho candidatos más del grupo del Rin. Ocho de cada diez candidatos propuestos por la alianza europea, como se llamó al grupo del Rin, obtuvo un lugar en las comisiones. En la comisión litúrgica la alianza obtuvo doce de los dieciséis cargos. Esto se sintetizó en una mayoría de catorce a once después de los nombramientos papales.

Escribe Wiltgen: “Después de esta elección, resultó fácil prever qué grupo estaba suficientemente organizado para obtener el dominio en el Segundo Concilio Vaticano. El Rin había empezado a desembocar en el Tíber”. Este éxito se había obtenido gracias a que, a diferencia de otras jerarquías, “la alianza pudo operar eficazmente porque sabía de antemano lo que quería y lo que no quería”

Tradición y Escritura

Se empezó a discutir por fin el primer esquema doctrinal, a partir del 24 de Noviembre: la constitución "Sobre las fuentes de la Revelación". El clan liberal se movilizo: para ellos se trataba de negar a la Tradición divina toda existencia independiente de la Sagrada Escritura, a fin de establecer la primacía de la Biblia en un sentido ecuménico. La tormenta causo estragos entre 30 "romanos" y 40 liberales, que se sucedieron durante cinco congregaciones generales.


 La presidencia resolvió someter al voto de los Padres la suspensión del debate sobre este esquema. El 62% de los sufragios la pidieron. No se había alcanzado la mayoría de los dos tercios requerida. No obstante, Juan XXIII, cediendo a las instancias de los Cardenales BEA y LEGER, decido, pese al reglamento que el mismo había establecido, someter a revisión el esquema según "una orientación pastoral y ecuménica" Esta decisión anunciaba el fin que tendrían los otros tres esquemas dogmáticos.

Otro campo de batalla para el Coetus fue el del esquema sobre "La Revelación Divina", que había reemplazado el texto preparatorio "Sobre las Fuentes de la Revelación". El error protestante renacía en el Concilio bajo una forma atenuada, que tendía a reducir las Tradición divina oral a un mero papel de interpretación de las Sagradas Escrituras y dependiente de ella.

Por esa razón, en la primavera de 1964, se propuso por escrito una enmienda en la que se afirmaba que "la Tradición es mas amplia que la Escritura" con el fin -decían- de que el Concilio no diera la impresión de que excluía "la posibilidad de encontrar en la Tradición verdades que no estuvieran contenidas en la Escritura al menos de forma implícita"

Esta enmienda no fue aceptada. Curiosamente, la lucha del Coetus se limito a defender la inerrancia (ausencia de error) de las Escrituras y dejo de lado la inmutabilidad de la Tradición divina.

La Tradición "Progresa en la Iglesia" diría Dei Verbum; el error postconciliar de la Tradición "viva" y evolutiva encontraría ahí su fundamento. Sin embargo, los Padres del Coetus tuvieron el merito de cuestionar al Secretariado sobre la autoridad del texto sujeto a votación. El 15 de noviembre, Monsenor Felici recordó la nota que había redactado la Comisión Teológica el 3 de marzo de 1964: solo se consideraría definido lo que fuera declarado como tal; para todo lo demás, la autoridad de un texto dependía de su genero.

Notificación capital: No habiendo definido nada como tal, el Concilio Vaticano II no seria, por si mismo, infalible.

Ahora bien, los Padres del Coetus estaban preocupados ante todo por su lucha contra la libertad religiosa.

Hegemonia Liberal en el Concilio

Esos dos golpes decisivos de los liberales se vieron coronados con una tercera victoria del campo liberal, cuando, después de la muerte de Juan XXIII el 3 de junio de 1963 y la elección de Pablo VI el 21 de junio, el nuevo Papa redujo la función del consejo de la presidencia (cuyos miembros pasaron de 10 a 12 Cardenales) a un papel de garantía de las normas, y confió el poder de "dirigir las actividades del Concilio y fijar el orden de los temas" a cuatro Cardenales moderadores: DOFNER, SUENENS, LERCARO y AGAGIANIAN. Los tres primeros eran liberales, y el último era considerado como el más aceptable de los Cardenales de la Curia. De esa forma, Pablo VI estableció la hegemonía liberal en el Concilio.


Colegialidad vs Papado

En la mente de muchos Padres Conciliares, la intención del Concilio Vaticano II era hacerle contrapeso a la enseñanza del Concilio Vaticano I.

El Vaticano I había expuesto la doctrina del Primado del Papa: el Vaticano II debía, según su parecer, proponer la del derecho de los Obispos a gobernar la Iglesia junto con él.

El nuevo esquema de constitución sobre la Iglesia, propuesto después de desechar el esquema preparatorio, fue discutido con ardor en 1963 durante la segunda sesión.

Se enfrentaron tres tesis antagónicas.
--La tesis liberal extrema pretendía que los Obispos formaran un colegio y que el Papa solo fuera su cabeza, y que solo pudiera tomar sus decisiones después de consultar con el colegio.
--La tesis liberal moderada, la de Pablo VI, pretendía también que los Obispos constituían un colegio, sometido a su cabeza por derecho divino, el Papa, pero guardando este ultimo, independientemente del colegio, su poder personal, definido por el Vaticano I. Por consiguiente, el poder supremo sobre la Iglesia seria ejercido por dos autoridades: la del Sumo Pontífice por un lado, y la del colegio episcopal "con y bajo su cabeza" por el otro.
--La tesis de la teología romana demostraba, a través de toda la tradición y la historia, que el Papa es por derecho divino la única cabeza de la Iglesia universal, y que en el solo reside la plenitud del poder supremo. Por lo que se refiere al cuerpo episcopal, no constituye por derecho divino un colegio en el sentido jurídico de sujeto único de acción común: no ejerce acción propiamente colegial sino de modo excepcional, en el Concilio Ecuménico, y no tiene autoridad sobre la Iglesia universal sino cuando el Papa, si así lo quiere, le comunica una participación de su autoridad suprema.


El Coetus objetaba a la tesis liberal moderada que, por derecho divino, los Obispos podrían entonces reclamarle al Papa cuando ellos quisieran, incluso de forma habitual, el ejercicio de aquel poder supremo que supuestamente les pertenece en virtud de la constitución divina de la Iglesia: de ese modo, el poder supremo personal del Papa corría el riesgo de quedar reducido a su mínima expresión. Contra ese peligro, el Coetus sostenía la tesis de la teología romana (expuesta por el Padre Berto en su proyecto de esquema)

Ante esa oposición, se preparo un nuevo proyecto de texto que, al no satisfacer a Pablo VI, fue revisado, corregido y aprobado por él el 3 de julio de 1964 como base de las discusiones de la tercera sesión. En dicho texto se proponía la tesis liberal moderada de una Iglesia en estado permanente de Concilio por derecho divino.

El Coetus resolvió defender el Primado del Papa, incluso contra el Papa, y acabar con el supuesto  derecho divino de colegialidad.